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Las Cosas Como Son
Sobre la historia

Llorando por Virginia

PUBLICADO: 18 de abril de 2007, a las 9:32 am (este)
ACTUALIZADO: 18 de abril de 2007, a las 11:33 am (este)

Por MiGUEL ANGEL RODRIGUEZ

La tragedia ocurrida esta semana en la Universidad Técnica de Virginia nos ha helado la sangre a todos, dentro y fuera de Estados Unidos.

Una vez más, una catástrofe de este tipo se repite en un campus estudiantil. Y, una vez más, el causante es un estudiante del centro. Un chico joven –sólo tenía 23 años-, alumno de último año de filología inglesa, procedente de Corea del Sur, de familia acomodada y residente permanente en Estados Unidos.

Su nombre, Cho Seung Hui. Se suicidó después de la matanza, pero ha marcado su nombre con letras de sangre en la Historia.

Quienes le conocieron dicen que era un chico solitario, introvertido, que no devolvía el saludo. Quienes le daban clase aseguran que sus ensayos literarios mostraban una descompensación emocional, por lo que hace tiempo algún maestro le recomendó tratamiento psicológico. Pero el tratamiento nunca llegó. O si lo hizo, no cumplió el efecto deseado.

Todavía tenemos en la retina el tiroteo de la Secundaria Columbine, en Colorado, en el año 1999. Murieron 12 personas, en un hecho que conmocionó a la comunidad internacional. Pero incluso restringiéndonos únicamente a las universidades, el número de incidentes de este tipo supera ya la media docena.

Corría el año 1996 cuando dos estudiantes fueron disparados en el edificio Hetzel Union de la Universidad Estatal de Pensilvania. Uno murió. El pistolero tenía 19 años.

Sólo cinco años antes, un estudiante de física de la Universidad de Iowa mató a cinco personas utilizando dos pistolas de calibre 38 y 22. Luego se suicidó.

En 1976 un empleado de la Universidad Estatal de California abrió fuego con un rifle contra sus compañeros de trabajo en la biblioteca del centro. Nueve murieron.

La lista no acaba ahí. En 1966 Charles Joseph Whitman subió a la torre de 27 pisos de la Universidad de Texas, y desde allí mató a 13 personas.

Incidentes como éstos se han repetido en escuelas de primaria, secundaria y preparatoria. Y, a día de hoy, nuestros centros educativos siguen siendo tan vulnerables como lo eran en 1966. ¿Y la solución? Nadie parece encontrarla, en un país que defiende la libre venta de armas. Lo malo es que, por defender las pistolas, quizá nos estemos olvidando de defender a los que mueren por ellas.

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